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El humo tenía el sabor de la distancia y cada beso, el miedo que esconde un niño a la oscuridad. La luz nos acechaba bajo la atenta mirada de una rata de curioso nombre y comportamiento, ya que el sentido común escapó al verte y mi mente escupió al viento tantos deseos prohibidos, que mi boca no pudo pronunciar palabra. El devenir de la situación nos envolvió en ámbar, presa de la alfombra árabe que presidía la comunicación del sudor, guiado por el titiritero que tallaste en fuego. Miel era el sabor de cada mirada, que conjugado  con tus ojos eran la sustancia que envolvía mi calma acelerando pensamientos y suavizando gestos. Entonces mi alma escapó por la ventana, al ver el cielo azul y radiante, porque estar vivo, suponen latidos  por segundo, que a veces, solo a veces suenan al unísono...

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