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Aquel saxofón apuraba las lágrimas que evocaban tu nombre y el humo sugería formas desde el cenicero. Sentía tu proximidad cual niño maravillado ante un juguete nuevo, pero no dejé que me vieras en aquel estado y olvidé en un cajón las avenidas mojadas ya recorridas, a tiempo para verte brillando como una estrella. Tu sentido común notaba mis carencias, pero dejamos los abrigos en la puerta, ya que a estas alturas, yo había tachado a mi alma de hipócrita muchas veces. Te sentaste en la cama con la mirada perdida, pues ambos conocíamos la situación, pero dudamos hasta de las palabras. Tras un incómodo silencio, mi valor creció al encontrar tu mirada, tanto cómo para precipitarme hasta tu cintura y fabricar cosquillas con las que tu gesto cambiara. Reíste como una naranja cortada por la mitad sobre mi corazón mojado, para recordarme la importancia que tenía tu sonrisa...
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Aquel día me puse una de las camisetas que secuestraron tu esencia en mi nombre, pues juré que permanecería conmigo. El pantalón tambien era de tus favoritos, en conjunto con las DC de siempre, segundos despues, invoqué el xilófono de hormigas que usabas cual banda sonora. Entonces sólo doce pasos separaban mi persona del resto, así podría camuflarme. El ascensor, por extraño que resulte, estaba listo para descender rumbo al infierno diario, donde ninguna lágrima asusta al valor del león, pero tú debías camuflarte cual oveja. Paseando me encendí el último cigarro del paquete, para volver hasta aquel sabor inconfundible que tanto me recordaba a ti, no sólo porque era la misma marca, sino que tus besos llevaban impregnado parte de lo que ahora contaminaba mi ser, en el humo, dibujé sueños de hielo aprovechando el frío nocturno que nos maltrataba. Llegué al oxidado banco que señalizaba la parada y sin darme tiempo a acabarlo el número veinte aparecío, doblando la esquina más próxima, dí la última calada mientras sacaba la cartera y el bus se postraba ante mí, abriendo sus puertas. Al subir me quedé de pie, pues mi asiento favorito estaba ocupado y quería estirar un poco las piernas. Rumbo al destino tube que agarrarme a la barra que cuelga del techo, lo que hizo que tu aroma volviese a mancharme el paladar, entonces me dí cuenta que mi alma estaba en el mismo lugar, en el mismo autobús, en el lugar exacto, dónde estubimos, pero...¿dónde estas tú?

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En aquella ocasión, mientras trazaba mi camino diario, tuve que detenerme al sentir como la calle se estremecía ante esa canción, era la que acompañaba tus recuerdos, aquella que colgaba mi corazón al sol cual trapo mojado y me manchaba el alma con tu nombre. Por un momento, me ausenté de la realidad, presa de aquella suavidad sonora, haciéndome volver una chica de simpáticas facciones que me ofrecía un flyer. Continué mi camino mientras lo miraba con detenimiento, la fecha de apertura coincidía con la nuestra, y el nombre del local también estaba vinculado de extraña manera, entonces recordé que fuimos vecinos, con la diferencia de que tú, vivías en el tejado...
08
Te observaba mientras tus dedos se movían a la velocidad de la luz sobre aquel teclado, y los trazos de mi lápiz brotaban a modo de acuarela ante aquella espléndida belleza. Moldeaba tus ojos cuándo regalaste un beso sin motivo aparente, aunque mi interior me susurraba palabras al oído, hice lo posible por negarlas, así el trasfondo de mi cuaderno refleja la amargura de mi persona y cada surco en el papel, un cabello al viento. Entonces dejaste de maltratar las teclas para poner esa canción, la que acelera el tiempo y hace que de los gestos salten chispas. Aquellos labios tarareaban la dulce melodía de Wolstenholme, mientras le daba forma a la suavidad de tus caderas, describía tu cuerpo como si de una poesía se tratase y tu voz, brisa sonora que dirige el compás de cada paso. Encendiste un cigarro con la delicadeza de la caída de un pétalo sobre la hierba húmeda, atravesando al unísono mi espíritu con una simple mirada, hizo que el lápiz escapase por las tuberías de mi mente, rumbo al corazón. Pasando las páginas de mis arterias hasta la punta de mis dedos, que presa de mi subconsciente pasaron a dibujar a otro extraño, cualquier otro que no me recordase tanto a ti...

07
Llegué a casa a la hora en que el sol comienza a despuntar y las farolas aún sobreviven, pero mi cuerpo no estaba listo para fusionarse con las sábanas, así que ordené a mis dedos que se liasen el último cigarro con el único papel que se dignó a aparecer por mi escritorio, estubo listo en cuestión de segundos. El tiempo carecía de continuidad mientras mis oídos aclamaban ángeles, así que me puse de pie justo cuando volví a necesitar a Gabriel entonces hice acopio de fuerzas y opté por sacar mi silla favorita al balcón, para ser testigo mudo de la muerte de las últimas estrellas. Mi mente conectaba recuerdos con sensaciones, ante aquel espectáculo diurno ilustrando gestos descritos en imágenes, pero tu nombre cruzó mi paladar, evitando el sosiego que comenzaba a recorrerme la espalda, entorné la vista ante los implacables rayos solares e intenté eliminarte respirando hondo, muy hondo...Mientras, mi móvil, perdía una llamada tuya...
06
Apurábamos el último cigarro, con la compañía del tenue brillo que regalaban aquellos incandenscentes asesinos y los lamentos de las farolas entre la persiana. Jugueteaba con tu pie mientras mirabas mi boca al hablar y, presa de mis caricias te ibas quedando dormida, lo cuál es una gran estrategia, así puedo observarte mientras sueñas... Porque yo nunca sueño, pero aquella noche soñé, con hojas de otoño y susurros de cristal, con cascadas se sentimientos en forma de sudor, con palabras silenciosas y caricias de metal. Aquel instante estabas ahí, tumbada a mi lado y abrazada a mi pecho, cómo si se tratase de un regalo para mí, solo para mí, tan dulce y suave como deben ser las nubes...De súbito sonó aquella odiosa melodía en forma de despertador, dándome los buenos días mi diaria soledad, pero sonrío, porque habitas en mis sueños...
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El impasible corazón del autobús y yo compartíamos destino, mientras muchos dormían y otros fotografiaban el paisaje, mi respiración se fusionaba al cristal y las lágrimas que gritaban tu nombre se transformaban en lluvia justo al otro lado, en un intervalo hullabaloo pude distinguir la atronadora voz de una ambulancia. Efectivamente, metros más adelante había un accidente en el cuál estaban implicados varios coches, y por extraño y macrabro que parezca, el mayor amasijo de hierro, era aquel metalizado en el que te vi la primera vez...
04
Aquellas notas musicales erizaban el fino vello de mi espalda, mientras bajaba del autobús, primero miré al suelo y luego a ambos lados de la calle. Como siempre, crucé en rojo, entonces me percaté que no escapaba solo en aquel atasco ocasionado por la incesante lluvia, sino que alguien también huía a pocos metros de mí, me detuve en el portal más cercano y me encendí un cigarro mientras admiraba la magnitud de aquel chaparrón, cuando a modo de dulce sinfonía oí: ¿Perdona tienes fuego? raudo saqué el mechero con el que jugueteaba en el bolsillo. Encendiendo así un maltrecho cigarro liado, el cuál se incendió rápidamente al acercarle la llama, ella sonrió tímidamente, al igual que yo, mientras le ofrecía uno nuevo. Entonces, todo ocurrió muy rápido, comenzó por tomar mi mano, acercándose a mí, después cojió 2 cigarros y el mechero, me miró timidamente antes de regalarme un besó junto a la oreja en el que dijo su nombre y se precipitó hacia la tormenta que se ofertaba fuera de aquel improvisado resguardo, aquella angelical voz era la que improvisaba entre los coches, y su nombre, el tuyo...
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