Mojé mi estilográfica en tus labios antes de comenzar a ilustrarte, pues cada trazo suavizaba tipográficamente tus facciones. Sentí como tu mirada se alimentaba de mi persona, continuando estática en aquel verde prado que de musgo manchó mi voz. Escribía en cada sombra que arrojaba tu belleza a modo de lienzo entintado en Japón, pues aquel plano sin continuidad era de los recuerdos más delicados que mi mente pudo encarcelar. Las lágrimas estallaban en mil cristales sobre el formato que gritaba pisoteado por mi alma, intentando mantenerse a flote en el sombrero de papel que me regalaste. Sabía que el móvil guardaba con recelo tu voz en forma de caracteres dictados y tenía presente las palabras prohibidas, pero me dejé llevar por la tesitura escrita llegando a publicar cada secreto que escondimos. Mi silencio dictó la secuencia de aquella expresión, llevándome a dibujar las líneas que lo constituían y pese a que se avecinaba el final, mi ánimo encadenaba el indomable pulso que dirijía mi extremidad, junto al extremo del inyector de tinta, que abandonaba el baile sin permitirme escribirlo....
No hay comentarios:
Publicar un comentario