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Aquellas notas musicales erizaban el fino vello de mi espalda, mientras bajaba del autobús, primero miré al suelo y luego a ambos lados de la calle. Como siempre, crucé en rojo, entonces me percaté que no escapaba solo en aquel atasco ocasionado por la incesante lluvia, sino que alguien también huía a pocos metros de mí, me detuve en el portal más cercano y me encendí un cigarro mientras admiraba la magnitud de aquel chaparrón, cuando a modo de dulce sinfonía oí: ¿Perdona tienes fuego? raudo saqué el mechero con el que jugueteaba en el bolsillo. Encendiendo así un maltrecho cigarro liado, el cuál se incendió rápidamente al acercarle la llama, ella sonrió tímidamente, al igual que yo, mientras le ofrecía uno nuevo. Entonces, todo ocurrió muy rápido, comenzó por tomar mi mano, acercándose a mí, después cojió 2 cigarros y el mechero, me miró timidamente antes de regalarme un besó junto a la oreja en el que dijo su nombre y se precipitó hacia la tormenta que se ofertaba fuera de aquel improvisado resguardo, aquella angelical voz era la que improvisaba entre los coches, y su nombre, el tuyo...

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