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La misericordia se apodera de cada acto, justo al acabar de soñar. El punto justo llegó cuando los ojos no me despertaron, sino que me había hecho amigo del despertador, ese triste caminante de segundos, que extrañamente, mugía. Explotamos el calor que daban las mantas, pues no era suficiente para los corazones que se vuelan entre las pelusas, además de subir la persiana hasta arriba y salir a correr al patio, no era suficiente, hubo que llegar a la orilla del límite, sólo para ahorrarnos el eco, siendo ahora las miradas, parte de meros hábitos alimenticios y los conceptos, despojados de su identidad, rapados entre la multitud... Mirando a través de cada iris, busco defectos, para que la huída sea justificada...
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