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Un día cualquiera levanté la persiana esperando encontrar una razón que impulsara mi corazón hacia el límite visual que marcó tu mirada, me sinceré con mi alma y continuando la situación, aparté de la partida a la reina, para que el peón pusiera al rey en jaque...

Entonces, la noche le dijo a la luna dónde te encontrabas, bajo la contemplativa de miradas indiscretas, los números sólo apoyaban la tesitura de las palabras y cada gesto delataba acontecimientos. El fondo de cada vaso me dictó lo que debía hacer, pero el vértigo me enseñaba el precio de los precipicios y en sueños me contaste las verdades que escondían las sombras. La casualidad unió dos causas perdidas, acusándolas de sobrepasar la velocidad de las señales sociales y las razones se suspendían, levitando entre tazas de capuccino que siempre estaban listas a la hora seleccionada. Para así, marchar a la hora en la que Cenicienta huía, ocultando cada verso tras un cartón inerte, pero supongo, que es la factura de la soledad...

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